Visita del ex veterano y pastor Rodolfo Guerra
El Pastor que volvió de Malvinas
El
testimonio de Rodolfo Guerra
Un
día llegó el telegrama. Para Rodolfo Guerra, un joven de Sáenz Peña, en el
corazón del Chaco, ese papel cambiaría su vida para siempre. Era 1982, y
Argentina estaba en guerra. Debía presentarse en el Regimiento de Infantería 5,
asentado en Paso de los Libres, Corrientes, desde donde partiría hacia un
archipiélago ventoso y helado en el extremo sur del mundo: las islas Malvinas.
El
viaje hacia las islas fue el comienzo de una experiencia que ningún joven
debería vivir. Al llegar, la realidad golpeó con toda su crudeza. El frío era
brutal, un frío que calaba los huesos y que ningún soldado del norte argentino
había conocido jamás. La comida escaseaba. Los días pasaban entre el barro, el
viento y la angustia permanente de no saber cuándo caería el próximo bombardeo.
El enemigo no se veía, pero se escuchaba: en el zumbido de los aviones, en el
estruendo de los cañones navales, en el silencio tenso que precedía a cada
ataque.
En
medio de ese infierno, Rodolfo llevaba algo que no figuraba en ningún
inventario militar: su fe. Mientras sus compañeros temían morir —y muchos lo
decían en voz alta, con los ojos abiertos en la oscuridad de la noche— él
sentía una necesidad profunda de hablar de Dios, de compartir esa fe que era su
ancla. No era predicar en un templo. Era susurrar esperanza en una trinchera.
El 25 de mayo bajo el fuego
El
día de la Patria, el 25 de mayo de 1982, los ingleses eligieron bombardear su
posición. Los proyectiles caían con una precisión aterradora. El suelo
temblaba. Los hombres se pegaban a la tierra buscando sobrevivir cada segundo.
En medio del caos, del humo y del estruendo, algo ocurrió que Rodolfo jamás
olvidaría: él y sus compañeros se arrodillaron. En pleno campo de batalla, con
el cielo en llamas sobre sus cabezas, oraron.
Y
entonces aparecieron los Mirage.
Los
aviones argentinos irrumpieron en el combate y atacaron las embarcaciones
británicas que bombardeaban la posición. Dos barcos enemigos fueron hundidos.
El ataque cesó. Los soldados que momentos antes estaban arrodillados en la
tierra helada se miraron unos a otros. Para Rodolfo, no hubo otra explicación
que la que llevaba en el corazón desde niño: la mano de Dios había actuado.
Una galleta entre diez.
Pero
la guerra no es solo pólvora y heroísmo. También es hambre. Hay un episodio
pequeño, humilde, que Rodolfo recuerda con una emoción quizás mayor que los
bombardeos: el día en que encontraron una galleta vieja. Una sola galleta, dura
y olvidada, para diez soldados hambrientos. La partieron en pedacitos
minúsculos. Cada migaja fue recibida como un regalo. En ese momento de miseria
compartida, algo tan simple como un trozo de pan se convirtió en un símbolo de
fraternidad y de esperanza. Les dio fuerzas para seguir.
El regreso y la promesa
Cuando
la guerra terminó y Rodolfo pisó suelo argentino, lo hizo siendo otro hombre.
Había entrado a Malvinas como un joven soldado del Chaco. Volvía con una
certeza grabada a fuego en el alma: él había sido cuidado. En medio de todo ese
horror, algo lo había protegido.
Esa
convicción lo llevó a tomar una decisión que definiría el resto de su vida. Se
convirtió en pastor. Y no abrió una sola iglesia sino muchas, a lo largo y
ancho de Argentina, hasta radicarse en Rosario, Santa Fe, donde hoy sigue
predicando.
Su
testimonio no es el de un hombre que encontró a Dios en la paz de un templo,
sino en el barro de una trinchera, bajo las bombas, con hambre y con miedo. Y
quizás por eso tiene la fuerza que tiene: porque viene de un lugar donde pocas
palabras alcanzan, y donde sin embargo la fe fue más grande que el miedo.
Rodolfo
Guerra es uno de los miles de jóvenes argentinos que fueron a Malvinas y
volvieron transformados. Su historia es una entre muchas que merecen ser
escuchadas, recordadas y honradas.
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